viernes, 18 de abril de 2014

Las cartas en el mundo grecorromano.

               Las cartas eran una forma habitual de expresión literaria en el mundo grecorromano. El estadista romano M. Tulio Cicerón (106-43 a.C) era conocido en su tiempo como "escritor de cartas"; en tiempos de Pablo, los volúmenes de sus cartas se editaban junto a Homero y Virgilio como valiosos tesoros literarios [Tal como aparece reflejado en una excelente máxima compuesta por Marcial (Epigramas 14.188) a principios de los años ochenta del siglo I d.C]. L. Anneo Séneca (5/4 a.C.-64 d.C), que era filósofo estoico y contemporáneo de Pablo [El hecho de que Séneca fuera encarcelado durante el reinado de Nerón casi al mismo tiempo en que las leyendas fijan el martirio de Pablo, contirbuyó a que en los siglos posteriores se produjera una correspondencia apócrifa entre Pablo y Séneca, en la que Pablo convence a su compañero de prisión de las ideas cristianas (Cuadro 7.1)], utilizó el género epistolar como instrumento para la enseñanza filosófica y moral. Pero lo mismo había hecho tres siglos antes el filósofo griego Epicuro (341-270 a.C). El aristócrata romano Plinio el Joven (61-113 d.C) acabaría reuniendo su correspondencia personal y oficial en varios libros para su publicación posterior; uno de estos volúmenes contenía las cartas dirigidas y recibidas del Emperador Trajano, entre las que aparece la referencia romana más antigua a los cristianos [Plinio, Epístolas 10.96-97, fechada ca. 110-113 d.C., cuando Plinio ejercía su oficio de supervisor imperial en la provincia de Bitinia. Estas cartas presentan algunos de los testimonios más antiguos sobre las actitudes romanas hacia los cristianos y los comienzos de los juicios contra ellos]. Los cristianos posteriores, especialmente los obispos y los dirigentes de la Iglesia que pertenecía a la aristocracia, como Cipriano de Cartago (ca. 200-258 d.C.), Atanasio de Alejandría (296-373 d.C) Juan Crisóstomo (347-407 d.C), Basilio de Cesarea (330-379d.C.), Jerónimo (342-420d.C), Agustín (354-430 d.C) y muchos otros, siguieron la tradición de escribir y coleccionar cartas, tanto oficiales como personales, en griego y en latín.


              Puesto que muchos de estos escritores de cartas eran conscientes de su herencia literaria, la comparación de sus cartas con las de Pablo se ha considerado, en ocasiones, una pérdida de tiempo. En la antigüedad tardía y durante la Edad Media, las cartas de Pablo se consideraban como "escritura" y, por consiguiente, regidas por diferentes presupuestos literarios. Al comienzo de la investigación moderna se consideraron más adecuadamente como correspondencia común; sin embargo, se pensaba que eran formal y estilísticamente inferiores a las grandes "epístolas" literarias de los autores clásicos [Cf. Stanley K. Stowers, Letter Writing in Greco-Roman Antiquity, Westminster, Filadelfia 1986, pp. 17-26.] Aunque la reciente investigación no apoya este último punto de vista, no obstante, se extendió en parte gracias a los grandes descubrimientos de los documentos, escritos en papiro, del Egipto romano, que comenzaron a finales del siglo XIX. Estos hallazgos nos han hecho más conscientes del enorme uso que se hacía de las cartas en el mundo romano, en todos los niveles sociales y con diferentes grados de sofisticación.

             La enorme burocracia del Imperio romano hizo de la escritura y de los documentos escritos una necesidad imperiosa, tal vez más que en cualquier otro período de la historia antigua hasta tiempos relativamente recientes. Como consecuencia, aumentó el número de personas que sabían leer y escribir, al menos en un nivel básico [Se ha debatido recientemente hasta qué punto sabía la gente escribir y leer en el mundo antiguo. Especialmente, William V. Harris, en Ancient Literacy, Harvard University Press, Cambridge 1989, sostiene que había menos alfabetismo de lo que se ha supuesto en los estudios más antiguos sobre el mundo grecorromano; sin embargo, la cuestión se reduce a saber qué entendemos por "analfabeetismo". Una perspectiva más cauta nos permitiría afirmar que había mucha más gente en el mundo romano con un mínimo alfabetismo funcional que en los períodos anteriores o posteriores de la cultura occidental hasta la modernidad, aun cuando muchas de estas personas no estaban capacitadas para leer o escribir literatura en un sentido estricto.]. El griego era aún la lengua predominante en la mitad oriental del Imperio; el latín se utilizaba en la parte occidental. Algunos de los numerosos escribas ejercían de notarios para quienes no sabían escribir en griego ni en latín o para quienes necesitaban documentos de índole más oficial (cf. 7.1). Otros escribas profesionales se dedicaban casi exclusivamente a producir manuscritos literarios [L.D. Reynolds y N.G. Wilson, Scribes and Scholars: A Guide to the Trnasmisions of Greek and Latin Literature, Clarendon, Oxford 1974; Marcello Gigante, Philodemus in Italy; The Books from Herculaneum, University of Michigan Press, Ann Arbor 1955, pp. 1-48; H. Y. Gamble, Books and Readers in the Early Church; A History of Early Christian Texts, Yale University Press, New Haven 1995, pp. 1-41.]. A otros se les contrataba como secretarios particulares para escribir cartas personales y oficiales [Por ejemplo, el emperador Augusto contrató como secretario suyo a Horacio, que llegaría a ser un gran poeta; Suetonio, en Vida de Horacio, cita una carta de Augusto en la que se queja de que sus compromisos oficiales le hacían imposible mantener una correspondencia con sus amigos. Sobre la escritura de cartas en el sistema educativo, cf. Stowers, Letter Writing in Greco-Roman Antiquity, pp. 32-35.]

                                              LÁMINA 7.1


                   Por algunos comentarios sabemos que Pablo utilizó también a estos escribas para su actividad epistolar. La referencia más obvia se encuentra en Rom 16,22 [22Yo, Tercio, el amanuense, os mando un saludo cristiano.] en donde su escriba Tercio envía sus propios saludos. También en algunas ocasiones dice Pablo algo semejante, como, por ejemplo: "  11Fijaos qué letras tan grandes, son de mi propia mano. " (Gal 6,11) o " 21La despedida, de mi mano: Pablo. "(1Cor 16,21). En estos casos hemos de imaginarnos que tomaba la pluma del escriba y escribía su saludo personal con su propia letra, de forma semejante a lo que puede verse frecuentemente en los papiros (lámina 7.1). Lamentablemente, no se nos han coservado los autógrafos originales del propio Pablo, pues podríamos haber obtenido alguna información adicional, al menos como "segunda mano".

                En correlación con la extensión de la actividad escritora se desarroló toda una industria dedicada a producir materiales e instrumentos de escritura (lámina 7.2), que abarcaba desde las tablillas de cera, que podían utilizarse para tomar notas y después borrarlas y volver a utilizarlas, hasta pergaminos hechos de piel (que duraban mucho más, pero también eran más caros) y grabaciones en piedra (frecuentemente utilizadas para hacer los decretos públicos y las cartas imperiales) [Sobre la última, cf. la inscripción de Gallio, una carta del emperador Claudio dirigida a la ciudad de Delfos.] El papiro, del que procede nuestra palabra "papel", era, con mucho, el material de escritura más utilizado y accesible. El papiro es una planta languirucha pantanosa que crecía originariamente a lo largo de las riberas del Nilo. Ya era utilizado como material para escribir en el antiguo Egipto (como, por ejemplo, El libro de los Muertos), pero se popularizó mucho mas durante los periodos helenista y romano, que fue cuando se desarrolló una gran industria en torno a él.

            Los autores de historia natural de la antigüedad describieron con todo lujo de detalles la elaboración del papiro [Cf. Plinio el Viejo, Historia natural 13.68-83 (en Barrett, The New Testament Background, pp. 24-28).], que consistía en cortar el junco de papiro en tiras finas y extenderlas a lo largo para formar una hoja; luego se extendía otra capa de tiras cruzando la primera y se prensaban las dos. Posteriormente, se cubrían las fibras con agua y la savia de la planta formando un pegamento natural. Para terminar, se recortaban las hojas según diferentes medidas. Uno podía ir a una tienda de papiros y comprar una hoja de acuerdo con sus necesidades o posibilidades. Para escribir documentos extensos, como, por ejemplo un libro, que habitualmente se hacía en uno o más rollos (en latín, volumen; en griego, biblios), se pegaban las hojas para conseguir la longitud que el documento requería. Aunque un rollo normal nunca tenía más de seis metros, sabemos que también existían rollos de obras literarias que llegaban a medir casi trece metros.


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